Teoria dels cossos – oriol vilapuig

Teoria dels cossos – oriol vilapuig

14.09.2023 — 11.11.2023

El desborde de los cuerpos

 

La lengua resiste porque es blanda; los dientes ceden porque son duros
La historia de mis dientes, Valeria Luiselli, 2013.
Sentí un leve mareo y tuve que agachar la cabeza un poco porque sentí que me hundía, lentamente, en un agujero. La piel entera me hormigueó y sentí mis genitales de mujer agitarse, con palpitaciones de orgasmo
El diablo sabe mi nombre, Jacinta Escudos, 2019
Como el ciego que llora contra un sol implacable,
me obstino en ver la luz por mis ojos vacíos,
quemados para siempre.
Antología del aire, Gonzalo Rojas, 1991
Tengo miedo de tanta materia -la materia vibra de atención,
vibra de proceso, vibra de actualidad inherente
La pasión según G.H, Clarice Lispector, 1964

 

Las sospechas sobre el cuerpo tienen una larga, densa y estratificada historia en la tradición occidental, ubicando a la razón en un lugar de privilegio, de gobernanza sobre las pasiones y la vida desorganizada. Una advertencia no deja de repetirse: no debiéramos confiar en nuestros sentidos, el conocimiento que nos da el cuerpo es cambiante, los deseos son engañosos y el placer nos aleja del bien y de la felicidad. De hecho, históricamente practicar las virtudes ha pasado por docilizar al cuerpo, por adquirir hábitos que nos permitan comportarnos de acuerdo a una vida contemplativa que regule la dimensión deseante de la existencia. Este rechazo o negación del cuerpo ha marcado no solo un modo de organizar nuestra sensibilidad, sino también nuestro mundo; en particular, sus modos de producción y de subjetivación. Una normatividad que niega el saber del cuerpo y su potencia.

Contrario a lo que indica el sentido común, el cuerpo nunca está dado, en cada caso requiere ser habitado, cosido, articulado. De ahí también la importancia por preguntarnos ¿qué hace un cuerpo? Recuperando el sintagma lacaniano, podríamos decir que tener un cuerpo es poder hacer algo con. Los mecanismos y las técnicas para crear consistencias imaginarias de los cuerpos son múltiples, su influencia es poderosa en nuestro goce y nuestro deseo (1). Sin embargo, siempre hay restos que no encajan, que no se adecuan, que incomodan, que exceden.       

Sara Ahmed sostiene que diversos imperativos culturales establecen las que se supone son las relaciones correctas. Desde sus expectativas distribuyen la posición que los cuerpos deben ocupar. Una técnica de ordenamiento que ha visto su máxima expresión en la racionalidad del pensamiento moderno y las categorías de la abstracción en donde la tendencia es la de borrar todas las singularidades de los cuerpos ruidosos, diversos y multiformes.

En la historia del pensamiento occidental, probablemente es Friedrich Nietzsche quien vuelve a poner el cuerpo en la pulsación de la reflexión, rescatándolo de un largo olvido. Pero sobre todo lo hacen quienes han hecho de sus propios cuerpos un campo de batalla. El cuerpo se forma a través de “espacios relacionales inestables (2)”, se hace en la configuración de una repetición de gestos y movimientos que lo van constituyendo. Los individuos no son la suma de sus impresiones generales, sino la cosedura y el desborde de sus impresiones singulares. El cuerpo es siempre un umbral de variación, por ello, el desafío ante el cual nuestro tiempo nos pone es situarnos en los bordes desde el que horadar las identidades que se nos asignan. Desborde que por desagregación o por exceso se articula en su tensión con la vida.

Las normas aspiran a crear un círculo entre obediencia y utilidad del cuerpo que diagrama un trabajo sobre nuestros movimientos. Razón por la que hoy la pregunta por los cuerpos vuelve a ser urgente. En un contexto de creciente deserotización, en donde la mayor parte de nuestras relaciones está mediada por diversos aparatos de consuelo, una grieta pide lugar. Qué hacer con este cuerpo que somos no es una construcción de una subjetividad voluntarista, sino que cada cuerpo cuenta y cada cuerpo hace como puede a partir de las herramientas que tiene a su mano. El cuerpo se gesta en su propio trayecto, que en la mayoría de los casos no se escoge sino que se atraviesa. El cuerpo es un proceso siempre inacabado por el cual se conforma en su reiteración, por sedimentación, pero también en su propio desencaje.

No somos un cuerpo, lo tenemos. De hecho, la mayoría de las veces la relación con nuestro cuerpo es la de una pregunta abierta que no cede. Desde su extrañeza y desde su no caber, el cuerpo se hace lugar. Así también los cuerpos que se ausentan comprometen una aparición. Más allá de las relaciones conflictivas y amorosas que podamos tener con esa parte propia que es el cuerpo, ella aviva la memoria de que la piel es aquello que no podemos ver si no es como mediación con lo que contiene. La piel es un borde que siente (3).

En Teoria del cossos Oriol Vilapuig se deja tomar por la inquietud de la contingencia concreta de los cuerpos. Su trabajo va torciendo los contornos de la moderación y la modelación desde las que incorporamos modos de funcionamientos de la corporalidad. Fragmentos de la carne, trozos de pelos, marcas, cicatrices, gestos, asimetrías, fantasmas, heridas y sueños, que incumplen en la responsabilidad de su propia representación. Una economía abierta que no se dirige por una línea de continuidad sino rodeando mucho algo, acogiendo su exceso, acercándose desde múltiples perspectivas, asediándolo, retirándose. Como dice Mani Kaul, “la sensualidad de un objeto se manifiesta en un momento dado desde un único ángulo de visión. Pero si rodeas un objeto, incorporas aspectos desde diferentes perspectivas y los apilas sobre el objeto, destruyes la relación sensual con el objeto (4)”. Allí se abre la posibilidad para una experiencia no reglada. Un pensamiento material, que es un pensamiento frágil, solo así puede permanecer abierto.

Por eso este tipo de práctica nos pone en una situación que solicita una danza ágil, como aquella de quienes crecen con los pies descalzos, porque saben en sus propios cuerpos que para trazar recorridos es imposible ignorar la inestabilidad del mundo, la fuerza porosa de la irregularidad y que las miradas solo se forman en una desposesión común, ya que, en la experiencia de una imagen que nos interpela estamos desposeídos, expuestos.

Es necesario alterar los protocolos de las imágenes si queremos disponernos a sentir su eco, para que su amplificación y su contagio nos prevenga de los regímenes tributarios de la lingüística, para volver a considerar el cuerpo en sus formas múltiples y en la riqueza de sus energías deseantes. Pulso a pulso se va forjando una fractura en la fluidez, pero no una reivindicación por ocupar un lugar en el reparto de las visibilidades, sino desde el entendido que una escena de visibilidad es siempre, al mismo tiempo, la creación de un espacio y un tiempo que sostiene y se sostiene gracias a aquello que no puede formularse en imagen. Pero que, sin embargo, genera un poder que puede perturbar un régimen de conexión y poner en marcha otra. No es casual que la exposición se abra  con el paso firme de un hombre al que se le resquebraja el suelo que va a pisar.

Entre el cuerpo de las imágenes y las imágenes del cuerpo, Vilapuig va forjando un pasaje de tránsitos, una mecánica de flujos de cuerpos ligados por la diferencia que los forma. Un saber voluptuoso que procede tocando (5). El tipo de conocimiento que se despliega aquí se forma en el sentido contrario a la síntesis que reúne una regularidad y se anuda como categoría desde la que explicar un mundo. Un conocimiento que acoge una maraña de singularidades sin una orientación definida, que abre la pregunta incluso por dónde comenzar a ver, en donde lo decisivo es la brecha.

Un cuerpo que toca es un cuerpo que se expone.

Un pensamiento por contacto desarrolla sus relaciones por aquello por lo que es tocado. Algo nos llega en las imágenes que se forman en los pliegues de las situaciones de las que formamos parte, un eco de las imágenes que remite a ese desvío sin retorno de lo múltiple que se resiste a ser articulado bajo una unidad, un espacio de resonancia donde no es algo, ni alguien lo que se manifiesta. Quizás por ello la obra de Oriol Vilapuig sea tan difícil de ubicar, porque nos roza con las capas profundas del Ser que se forman en las superficies, entre bestiarios, noches profundas, recortes de periódicos, cuerpos hechos de agujeros, pupilas, fosas nasales, bocas abiertas que son abismos y no encaja en un espacio que viene determinado. Aunque nos moleste la acentuación de su oquedad, es también la fuerza imborrable de su opacidad.

Entre el pudor, el orgullo y el espanto “un pensamiento que no se deja grabar por el peso de la renuncia al cuerpo, imaginativo, deseante (6)”, imágenes que son como una controsión en el viento, una vela inflamándose en la calma, que nos ponen ante una tensión que no se resuelve, que nos habita y nos revuelve.

Ahuecar las manos para acoger los ecos, ahuecar las imágenes para componer otra ecología, otros paisajes en los que gestionar la congestión de signos. En este sentido, la resonancia no consiste en experimentar el propio eco que se devuelve amplificado por una superficie que lo contiene; al contrario, la resonancia aporta algo nuevo. La resonancia surge cuando “la vibración de un cuerpo estimula la vibración de otro (7)”. De alguna manera, resonar es una reacción a otros cuerpos. La piel es un órgano de resonancia, respirar es una relación comunicativa con el mundo. Cada cuerpo, cada cosa tiene una materialidad y una temperatura, a la que podemos ser sensibles o no.

Esa zona indeterminada que es la imagen no es un lugar fijo donde proyectar un significado, solo puede constituir significado y disipar los que se han precipitado si es considerada en su movimiento, en su coreografía. Lo que vemos no produce impresiones, lo que vemos genera movimientos sensibles.

A veces para comprender que estamos implicados en el juego es necesario partir de algo que nos duele, que nos daña. Pero, al mismo tiempo, en las fuerzas que desean en nosotros se forma la capacidad de producir situaciones que nos habilita para verificar continuidades, para ensayar relaciones y experimentar otro espesor de los cuerpos.

¿Qué relación establece un cuerpo con esa forma que finge?

El deseo conoce bien la afección de las formas sociales, cuerpos extenuados que han olvidado incluso su voracidad. Pero es precisamente lo que no funciona del todo, la falla la que nos pone en contacto con nosotros mismos. La cultura empieza con posponer el placer, se dice que la conquista del fuego habría sido la renuncia al placer de extinguirlo (8). En el delicado trabajo con lo que hay, en los rincones residuales o en los imaginarios simbólicos que han organizado nuestros mundos, desde la pulsación de las imágenes, cómplice de la materia, Vilapuig nos permite preguntarnos ¿cómo pensar cuando nos falta el aire? ¿cómo ponernos en relación con nuestro deseo? ¿dónde ponemos la vida? ¿cómo somos mirados por aquello que nos mira?

En el plexo del movimiento, tener sentido del ritmo para ir tras ese algo más de lo que sabemos que somos. Esculpir en las imágenes las condiciones materiales que pueden cambiar la forma de nuestro yo. Si las formas son las cicatrices de las metamorfosis (9), ejercitar la capacidad de recibir una forma es también disponerse a la realidad preñada de misterio, pero sobre todo a la capacidad de poder desgarrarse un poco.

 

El cuerpo dibuja nuestra forma
El cuerpo necesita digerir, dormir, excretar, sudar, ensuciarse, lastimarse, caer enfermo
Un cuerpo es una diferencia que también difiere de sí
El cuerpo es una envoltura. El cuerpo se hace con otros cuerpos, está ligado por la diferencia.
¿Quién pue de escapar de su cuerpo? La vida humana sucede en el cuerpo (10).
Es como si el cuerpo sintiera una atracción vertiginosa por las formas de precipitación de lo que en nostros se deja caer.
acá duele, duele, duele y vos sentada con el sexo abierto al sol,
congelando el poder de la puntuación, dejando la lengua silvestre orearse al vapor del oráculo cuarteado
La borradura de la afonía, val flores, 2022

 

Andrea Soto Calderón, colaboradora de la exposición
Barcelona, 10 julio del 2023

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(1) Agradezco los diálogos con Ana Cecilia González, a quien debo estas reflexiones.
(2) val flores, “Esporas de indisciplina. Pedagogías transtornadas y metodologías queer”, en: AAVV, Pedagogías transgresoras II, Ediciones Bocavulvaria, Santa Fé, 2018, p.144.
(3) Sara Ahmed, Jackie Stacey, Thinking Through the Skin, Routledge, New York, 2001.
(4) Mani Kaul, Escuchamos y vemos y sentimos y entonces pensamos, Lumière, Barcelona, 2021.
(5) Michel Serres, La naissance de la Physique dans le text de Lucrèce, Les Éditions de Minuit, Paris, 1977, p.131
(6) Marcela Rivera Hutinel, Pensar por imágenes: montaigne y la caída, Cuadro de Tiza, Santiago de Chile, 2020, p.17.
(7) Harmut Rosa, Resonancia. Una sociología de la relación con el mundo, Katz, Madrid, 2019, p.79.
(8) Sigmund Freud, El malestar en la cultura, Alianza, Madrid, 2010
(9) Emanuele Coccia, Qu’est-ce que la philosophie?, Les rencontres philosophiques de Monaco, 2018, p.26
(10) Variaciones personales de Jean-Luc Nancy, 58 indicios sobre el cuerpo. Extensión del alma, La Cebra, Buenos Aires, 2017

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Prensa

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Exposición celebrada en el marco del Barcelona Gallery Weekend 2023
La galería RocioSantaCruz en el Barcelona Gallery Weekend. Click aquí

ESDi x Barcelona Gallery Weekend | Universitat Ramon Llull

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